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SEX o no SEX

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SEX, O NO SEX.

Del sexo en España se hizo un pandemónium por culpa del sexto. Al menos durante cuarenta años. Y eso, en materia de educación sexual es mucho. Muchísimo. Una dictadura férrea e hipócrita, aliada incondicionalmente y rendida a un catolicismo cerrado, castrado y castrador, operando duramente durante cuatro interminables décadas, solo puede dar generaciones de acomplejados del sexo por el sexto, y que nos liberamos, de aquella manera, de las cadenas y de las falsas condenas a base de chapuzas, catarsis, salidas de tono, salidos del todo, y salidas a Perpignán con ocho en un seiscientos… Penoso. Patético. El sexto era “no cometerás actos impuros”, así, tal cual, y punto pelota y no rechistes… Yo, de crío y ya criado, sin internet ni nada, como muchos quisques, comencé a investigar sobre los Diez Mandamientos aquellos que Moisés se bajó del Sinaí para joder al gentío. El sexto de aquellos solo decía “no cometerás adulterio”. Normal y hasta lógico, luego a luego. La Iglesia sacó la de capar y cambió el “adulterio” concreto por el general de “actos impuros”. O sea, todo, hacer, no hacer, pensar, reprimirse, exprimirse o expandirse, todo era pecado grave. Todo estaba prohibido, todo nos llevaba al infierno de cabeza…

El otro día volví a ver en su versión de blanco y negro (1.964) el “Ninette y un señor de Murcia”, de Mihura, Fernán Gómez de murciano, y Landa de amigo del murciano. Años de pleno franquismo de cerrojo y tramojo, pero con la frescura sutil de una comedia donde no se necesitó nada para sugerir todo. Ni sexo, ni revolcones, ni escenas de cama, ni chicha ni limoná, pero que el recorrido de los ojos del protagonista por lo que deseaba de aquella liberada y deshinibida francesita, los insistentes cierres de puertas en las narices del espectador, que imaginaba pero no describía el ayuntamiento, o el reprimido Alfredo aventurando con sus poses lo que él mismo habría de protagonizar en el cine de después con el landismo, componían el más completo destape sin destapar nada, ni falta que le hacía a tal película. Perfecta. La censura tuvo que permitirla, aun transmitiendo sexo por los poros con toda su recatada ocultación.

Las comedias románticas actuales, sin embargo, (mis favoritas son las británicas) no logran ese delicado equilibrio. Carecen de ese arte. No saben, ni tienen, la imaginación necesaria para ser sutiles. O es sexo puro, explícito, que intentan travestir torpemente de amor y lujo, o es un romanticismo pobre y ramplón que intentan revestirlo con sexo para hacerlo creíble. El cine español, sin embargo, ha seguido otro camino más abrupto, debido, sin duda alguna, a ese casi medio siglo de censura cerril, inculta e ignorante. El recorrido de Miguel Mihura acá es el de un destape sin fuste, casi que ingenuo a la vez que espontáneo, pero sin gracia ninguna, llegando al sexo por el sexo sin más motivo que el sexo y tonto el último, pasando por el intento de pornoblando de Almodóvar, el enfant terrible de nuestro despertar en la Asignatura Pendiente, tan bien retratada, por otro lado, por El Sacristán y la Faltollano… Como verán, los de esa época entendemos el sexo a través del cine. Es nuestra ineludible e inevitable seña de identidad.

Y ese empacho que los españoles hemos sufrido con el cine y el sexo, o con el sexo y el cine, envuelto culturalmente por la intelectualidad como “cine de arte y ensayo”, hasta llegar a una normalización fruto del tiempo y la cordura, es muy parecido, o al menos así me lo parece a mí, a ese otro empacho de programas y espacios gastronómicos, con sus chefs, sus cocinas de autor, sus boletus édulis, sus creaciones, abstracciones, deconstrucciones y trampantojos, por donde, de un tiempo aquí, respiramos pijomenús y cagamos estrellas Michelín… Y me pregunto si no será también la factura de un subconsciente por una posguerra donde pasamos un tanto así de hambre y un mucho de necesidad, que ahora se manifiesta en este afán compensatorio de ollas, despensas y andorgas.

Es que, ya se sabe, el instinto de supervivencia más poderoso del ser humano reside en el estómago y en el sexo, y los españoles fuimos despojados de alimentar a ambos durante un laaarago tiempo como Dios manda, aunque la Iglesia dijera lo contrario, al menos respecto al segundo. Que el primero se tapa con cualquier cosa, no así el otro. Pero, al final, hoy, se sublimiza cocina y sexo por eso, pues, como reza el refrán, el jamar y el fo… todo es empezar… ¡Ah!, que me dicen que rectifique, que es el comer y el rascar… Pues bueno, lo corrijo, pero, a la postre, ¿no es lo mismo..?.

MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / El Mirador / www.escriburgo.com / viernes 10,30 h. http://www.radiotorrepacheco.es/radioonline.php

Publicado por MIGUEL GALINDO SANCHEZ en 2:39

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