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EL SOL

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Cuando la humanidad nació, por arte y parte de un dios, o de varios… no olviden que Elohim no es singular, si no plural, en el hebreo antiguo, y significa dioses… pues que cuando los seres humanos aparecieron sobre la tierra, digo, lo primero que hicieron fue mirar al cielo, y vieron luces en la noche, y un gran y luminoso dios durante el día. El sol. Un dios todopoderoso que hacía nacer, evolucionar, madurar, calentar, iluminar, y hacer toda la vida posible sobre la tierra. Es lógico que lo adoraran.

            El mismo mensaje evangélico de Jesús se apoya en él, aun cuando alude al Padre, Dios de dioses, cuando habla del padre celestial que alimenta a las aves del cielo y viste a los lirios del campo, y cubre las necesidades de todo ser viviente… ¿qué, si no el sol, hace todo eso?.. Naturalmente, hoy sabemos que hay millones de soles, y que nuestro sistema solar es uno entre muchos de nuestra galaxia, pero fue nuestro dios primigenio y primitivo, es nuestro dios proveedor, y será nuestro dios marcador de nuestros días y nuestras noches, de nuestros ciclos de vida, hasta que otro Dios mayor le ordene dejar de hacerlo…

            Cuando Jesucristo citó al Padre entre sus contemporáneos, puso el ejemplo de los pájaros y las flores, que viven sin preocuparse de quién los alimentará y vestirá, porque los escuchantes estaban más cercanos a la cultura solar que a otras consideraciones más evolucionadas. Él mismo, cuando fue el pequeño Jesús antes de ser el gran Cristo, recibió la educación egipcia en las escuelas alejandrinas, y la influencia de Rá en su primera formación humanística. El sol, bajo cuya protección aparecen y desaparecen culturas y civilizaciones enteras de la historia humana, no es un mal ejemplo de Dios…

            La cuestión es que hasta que apareció Cristo en escena, pasaron 2.000 años de culto solar, y desde entonces acá han pasado otros 2.000 años más de cristianismo peor que mejor entendido. Y aún con esos más de 4.000 años a cuestas, aún no hemos aprendido a diferenciar muy bien las cosas. Por un lado, la ciencia nos ha demostrado (muy a nuestro pesar y por mucho que condenáramos a Galileo, a Giordano Bruno, o mandáramos a la hoguera a Miguel Servet) que el sol no es un dios, si no una estrella, y que hay infinidad de estrellas en el cosmos.

            Y por otro lado, aún adoramos al Dios de Jesús como un Yahvé más que como un Padre. Casi como se adoraba a Rá en el país del Nilo, en base a imágenes procesionales, que no en base al Dios interior en cada uno. Descargamos en ese dios toda responsabilidad. Si hay buenas cosechas, es gracias a Dios, y si viene una riada, es castigo divino. Y si nos toca la lotería o nos atropella un coche, lo mismo. Y si somos ateos o creyentes, igual somos condenados o absueltos. Sabemos que Dios ya no es el sol, pero le atribuimos naturaleza de un dios hecho a imagen y semejanza del hombre, de un dios menor, porque no somos capaces de traspasar el límite que las religiones han puesto al mismo Dios, ni las fronteras de sus dogmas.

            A mí me pasa que encuentro a Dios más en la ciencia y en las cosas que en la religión. La física quántica, por ejemplo, me muestra a Dios en cada paso de la energía organizada y de la materia creada. En tiempos de Jesús, el Cristo, la ciencia no existía prácticamente, comparada con hoy, pero ya Él nos dibujó un esbozo muy acercado y acertado, para que lo entendiéramos como niños: Dios está dentro y fuera de ti, pero te habla a ti, y es tu Padre, y está en ti como está en todo. También en el sol, claro. Pero algo tan fácil, sencillo, elemental, y sobretodo, tan gratuito y generoso, no le interesa a ninguna religión, porque no necesita intérpretes, y por tanto, no se puede vender. Como el sol, mismamente.

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