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Resultado de imagen de BUSCADOR DE LA VERDAD

Uno de mis asiduos, de esos que osan leerme, y, de vez en cuando, me envía algún “Emilio”, y se molesta en dedicarme unas escuetas, pero por mí agradecidas, líneas, me piropea en la última aportación, soltándome - que Dios lo bendiga y me lo cuide muchos años – que yo soy una especie de “buscador de la verdad”. Que todos los temas que toco, aun siendo bastantes y variados, llevan la impronta de la búsqueda, tanto para los que escribo, a modo de invitación, como para mí mismo, a modo de disciplina… Así que buscador, puede que sí, de la verdad tan solo se intenta…

Pero que me siento halagado, óiganme. De verdad. Y eso, a pesar de que yo lo considero una especie de maldición, fíjense… El buscar la verdad, si es que la verdad como tal existe, es un camino tortuoso, lleno de espinas y nada placentero, créanlo. Y muy mal entendido y comprendido. Primero, porque las búsquedas siempre se hacen en solitario, y nunca goza uno de compañía. Cada cual ha de buscar por su lado, en la soledad de sí mismo. Y segundo, porque las trampas, batacazos, zancadillas y descalificaciones abundan por esas rozas de Dios y del diablo, y la verdad es esquiva en su propia naturaleza, y anda revestida de falsedad, normalmente.

Además, mi querida amiga (porque es asidua, perdóneme el feminismo el genérico del principio), he de decirte que, de los dos conceptos: “buscador” y “verdad”, el primero de ellos no tiene mayor mérito, pues todos somos buscadores de algo. Todos, absolutamente todos, andamos buscando no sé qué, no sé dónde y no sé cómo, o sea, andamos perpetuamente envueltos en una búsqueda continua. Lo que pasa es que ni siquiera nos damos cuenta, lo hacemos casi que subconscientemente. Cuando leemos, escribimos, nos relacionamos, o solo pensamos, estamos buscando respuestas a asuntos relativos o absolutos, profundos o superficiales, pero siempre rondándolos.

Y el segundo de ellos, el de la “verdad”, ese sí que es más peliagudo, amiga mía, porque la verdad absoluta es tan inasequible e inaprehensible que prácticamente solo existe fuera de su propio concepto. Lo que sí existe es un inmenso puzzle de pequeñas teselas, de innumerables verdades relativas, que se disfrazan de folklore, tradición, etc. y se rebozan de mentiras. Todas por separado son falsas, y solo juntas en el todo correcto suelen ser auténticas y ciertas. El problema de las personas es que nos fijamos más en el traje con que se visten por fuera que en su valor verdadero que guardan dentro, en su intimidad y desnudez, y normalmente sacamos conclusiones equivocadas. Porque nos resulta acogedora la caverna del error, y es fácil anidar en ella, y adormilarse en las falsas nanas. Y eso es, precisamente, porque los seres humanos, al revés que las verdades, somos un ente falso cuando nos convertimos en gente, y somos más verdaderos y auténticos cuando nos comportamos como personas.

Pero el concepto de “buscador de la verdad” es bonito. Me gusta, aunque sé que no es del todo cierto. Resulta misterioso, romántico y atrayente, y a lo mejor mi asidua ha querido echarme un requiebro, más que ajustarse a una definición un tanto nebulosa y arriesgada, que me viene grande. Sin embargo, se lo agradezco en lo que vale más que en lo que describe, pues prefiero que mis torpes escritos transmitan la sensación de búsqueda antes que de puro entretenimiento, sin querer quitarle valor a esto último, por supuesto…

Lo que quiero decir, para terminar, es que no dejemos de buscar nunca, porque algo encontraremos. Aquel nazareno que nos aseguró que el que busca siempre encuentra llevaba en sus palabras la razón de la sabiduría… Y una cosa más: el espíritu es curioso e inquieto, pero la mente es ociosa y comodona. El primero genera verdaderas dudas y la segunda genera falsas certezas. Que mis lectores sepan diferenciarlo, y acierten el camino a seguir…

El próx. Viernes, 18/01, a las 10,30 h., en radio T.Pacheco, FM 87.7: 7, LAS PALABRAS.- Lo que no nos damos cuenta, pero está ocurriendo.

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Nuestro inefable presidente de gobierno, aprovechó su primera visita a las tropas españolas en el extranjero – igual que Trump con las suyas en las mismas fechas – copypega puro, para, como las nuestras están en Koulikoro, o sea en Malí, proponer la siguiente paarida:

Dar cuatrocientos euros a cada maliense que hay en España, para que regresen a su lugar de origen. Esto es, esa pobre gente se juega la vida y suelta a las mafias miles de euros para salir del infierno, y el listo les ofrece 400 para volverse…

Y es que se hace la foto con lo que tiene a mano, sin reparar en el ridículo. ¡Qué poco gasto en sesera, leche!..


En la novela clásica de Miguel de Unamuno, Todo un Hombre, de la que se hizo una, ya antigua, película, protagonizada por Lucía Bosé y Paco Rabal, un hombre rico, hecho a sí mismo en las más duras circunstancias, despreciado y enfrentado a los nobles personajes hipócritas de su época, pero admitido en sus élites a regañadientes por su dinero, se harta de decir “es lo que quiero”, “porque así lo quiero yo”, “lo quiero, y basta…”, pero nunca, jamás, en ningún momento, “así lo mando”, “así lo ordeno”… Y toda la obra está basada en establecer la enorme diferencia que hay entre ambos asertos, a pesar de los esfuerzos de todo el mundo por querer dar a entender que es lo mismo querer que mandar. Y no lo es…

                Nunca niega el protagonista del libro que siempre consigue lo que desea, pero siempre niega que imponga su voluntad. “Si yo compro voluntades – dice – es porque siempre hay voluntades que se venden. Yo solo compro lo que me ofrecen, pero a nadie obligo a venderse”. Muy cierto. Con su dinero adquiría poder, estatus, posición, en una sociedad decadente, caduca y podrida, que vendía parte de sus privilegios. Y no negaba tal evidencia, él solo decía “quiero esto” y la gente se lo facilitaba haciendo uso absoluto de su libertad de proporcionárselo. Solo eso. Pero él no ordenaba ni mandaba nada.

                Y eso es una verdad universal. Nadie corrompe a nadie, son las personas las que se corrompen a sí mismas dejándose corromper. El rico, poderoso, vendedor o comprador de privilegios, siempre estará ahí, y los seres humanos que se arriman a sol que más calienta y al árbol que mejor cubre, también están siempre ahí, rondando al potentado o al poderoso, pendientes de sus “yo quiero esto”, no de ningún “mando esto”, gustosos de servirlos a fin de arrimarse. Al poder del dinero o de las influencias, o lo que sea. Unos tienen los medios para comprar la mercancía que otros tienen para vender. Nada más que eso.

                Pero eso es amoral, me dirán algunos… ¿Quién lo es, el que vende o el que compra?.. Al fin y al cabo es lo que hacemos todos, en mayor o menor grado, de una u otra forma, de maneras socialmente admitidas o socialmente reprobadas…

                Por ejemplo, ¿qué es un contrato de trabajo?.. Un empresario contrata a un obrero por una nómina para que realice un trabajo concreto y determinado. El patrón manda y el obrero obedece. Ahí sí que existe el “yo mando”, y no pasa nada. Lo vemos como normal. Es una vulgar transacción voluntaria entre las partes. Vale. Sin embargo, en lo otro no existe ninguna nómina que sancione ningún acuerdo. No. Por lo tanto, aquí nadie manda nada, aquí funciona la ley mercantil de la oferta y la demanda. Unos piden, establecen su “yo quiero”, o demanda, y otros se lo ofrecen a cambio de un lo que fuere…

                Así que el odioso personaje de Unamuno transmuta, como un alquimista, la dudosa potestad de sus actos en la plena legitimidad moral de los mismos. Él no obliga a nadie a hacer lo que no quiera, no somete, no manda ni ordena, ni siquiera lo pide… solo “quiere”, expone su deseo, y espera, espera a que alguno, o algunos, le sirvan lo que desea… Y como puede, pues quiere.

                Lo sé… no es muy tranquilizante la consecuencia de aqueste cuento, maese Calleja. Pero es la realidad de este mundo. Es lo que hay, Garay… La moraleja del mismo es que descargamos nuestra conciencia culpando y demonizando al poderoso, vale, pero en ausencia de la violencia y en presencia de la libre voluntad personal, resulta más culpable el que se deja comprar que el que le compra… Es difícil de admitir, cierto, pero es fácil, muy fácil, de entender… ¿A que sí?..

El próx. Viernes, 18/01, a las 10,30 h., en radio T.Pacheco, FM 87.7: 7, LAS PALABRAS.- Lo que no nos damos cuenta, pero está ocurriendo.


Por aquí me conocen – o quizá no – por meterme en todos los charcos, como el tonto del pueblo. Asociaciones empresariales, benéficas, sociales, culturales, Cáritas, Juzgado de Paz… ahora la cosa de Mediadores… Y lo cierto, es que a mi edad y mis limitaciones actuales, me roba energías y posibilidades.-

Un amigo me pregunta si alguna vez me he puesto pesado en pedir algo para mí. Pues no, le respondo. Y me repregunta si alguna vez alguien me ha dado gracias algunas por algo. Pues tampoco, le respondo.-

´Entonces, me dice, eres tonto si esperas algo, y más tonto aún si no esperas nada… Pues entonces soy tonto perdido del todo, porque las cosas vienen cuando vienen, como vienen y de donde vienen, sin esperarlas…


Si se mantiene la tendencia apuntada por el Instituto Nacional de Estadística hace poco, el año que recién acabó termina con casi cien mil habitantes menos en España. Es, para que se hagan una idea gráfica, como si trincara una ciudad media como Cáceres, como si, en un solo año, se quedara vacía. Si seguimos creyendo que no tenemos un problema grave, o es que queremos engañarnos, o es que queremos suicidarnos, o es que somos tontos, o las tres cosas. Si el sistema de pensiones ya resulta insostenible, con el crecimiento demográfico en quiebra, morirá definitivamente. Y no se puede mandar tener hijos en plan absolutista. Se necesita de la responsabilidad ciudadana.

                Franco, con una España mermada por una guerra civil, optó por una muy dura apolítica. Para eso era un dictador con la Iglesia al lado. Restringió el derecho de la mujer al trabajo cuando se casaba, le quebró la pata y la dejó en casa, y la católica anunció que el matrimonio podía invalidarse si no había hijos. Las casadas eran cesadas de las empresas públicas y los métodos anticonceptivos prohibidos y penalizados, y pecado, como lo era grave y cárcel además para la que abortaba y para quién se lo practicaba… Y las familias de posguerra eran mucho menos comodonas, exigentes o hedonistas para traer hijos al mundo con un pan duro bajo el brazo.

                Otro dictador de signo opuesto, Caucescu, en Rumanía, impuso a la ciudadanía la obligación de procrear. En cuanto al aborto y los anticonceptivos, aun siendo comunistas, calcó a la Iglesia Católica. Incluso la policía política sometía a las mujeres a un férreo control de fertilidad, enviando a la cárcel a quienes se resistían a pasar por el aro. No solo logró aumentar la población, si no que igual provocó más de diez mil suicidios de mujeres y más de cien mil niños abandonados en siniestros orfanatos… Gracias a Dios, esos deplorables métodos han desaparecido con la democracia. Hoy las mujeres disponen de la libertad más absoluta en todos los sentidos, y las parejas actúan, bajo su total y estricta responsabilidad.

                La cuestión está en si esa responsabilidad estricta es auténticamente responsable, o solo obedece a cuestiones de hedonismo social. Existen razones válidas tanto a favor como en contra. El equilibrio que permite mantener una sociedad de bienestar, garantista y de prestaciones sociales, solo puede lograrse a través de ciudadanos que trabajen y coticen. No existe otra forma. Aún no se ha inventado otra manera. En pocas palabras, o los nacemos o los importamos.

                El problema se plantea cuando no queremos complicarnos la vida naciéndolos, y padecemos xenofobia importándolos. Y la única fórmula que tenemos más a mano para frenar la merma poblacional que se avecina y a los graves escollos económicos que eso nos va a suponer, es la inmigración… Controlada, organizada, integrada, vigilada, reglada, y todo cuanto queramos, sí, vale, pero inmigración al fin y al cabo. Los estudios están hechos y los números echados. En un par de décadas, España va a necesitar a cinco millones de personas más en edad de producir riqueza e impuestos, o el sistema se va al carajo. O se hacen, o se traen. Nosotros mismos…

                Es la pura y cruda realidad. Sí, lo que usted quiera, impuesta por las reglas del mercado, por la ley de la oferta y la demanda, por la sociedad de consumo, o por lo que sea, pero es la tiranía marcada por el propio sistema, o estado, del bienestar. O eso, o la pobreza, la inseguridad y la precariedad. Nosotros elegimos. Pero si exigimos la libertad de no tener hijos, que vale, que bueno, hemos de ser consecuentes con abrir las fronteras y compartir el pan con quienes quieren ganárselo y no pueden.

                España ya no crece, solo decrece. Son más los que se van que los que llegan. Yo estoy subiendo la rampa de salida, y, egoístamente, debería importarme un comino. Pero me preocupan mis hijos, mis nietos, mis amigos jóvenes… y la responsabilidad se me escapa entre los dedos…

El próx. Viernes, 18/01, a las 10,30 h., en radio T.Pacheco, FM 87.7: 7, LAS PALABRAS.- Lo que no nos damos cuenta, pero está ocurriendo.


Hay que ser muy impresentables para vender miles de viviendas sociales a fondos buitre a precios irrisorios, lanzando a miles de familias humildes en inhumanos deshaucios a la puñetera calle ante la escandalosa subida posterior de sus alquileres …

Ahora, la justicia a fallado contra aquella penosa alcaldesa, Ana Botella, y media docena de responsables irresponsables. Habrán de pagar 25 millones, pero también deberían compensar a toda y cada una de las familias afectadas…

Cuando los poderosos, como la señora de Aznar, abusan de los más pobres usando sus privilegiadas posiciones, deberían ser condenados, no con años de cárcel, si no con años de vivir en la misma pobreza y angustia que ellos provocaron.


En California han prohibido la venta y el consumo del foigrás. Tras una enconada lucha, han ganado los animalistas, a pesar de la enorme resistencia del gremio de hostelería y los del buen comer y fino paladar. Tengo una nieta, la mayor, que estará contenta con la noticia, por algo se empieza… Se ha considerado que la exquisitez de un momento no justifica el sufrimiento animal de unas pobres ocas malviviendo su tortura, prensadas como la mojama… Así que yo creo, que se ha prohibido con muy buen criterio, por cierto.

                El que esos, u otros, animales – me da igual – no sean personas, no es justificación para procurarles una tortura que no querríamos para nosotros. En realidad, el género humano participa con ellos en su parte animal, y ya nos cuidamos mucho de salvaguardar la nuestra, aparte que existen animales que casi son personas, si no más que algunas mal-llamadas personas, que están más próximas a ellos, los animales. El hecho de justificar lo que no tiene justificación, no es más que un abuso del supremacismo humano sobre el animal. Y eso es muy poco humano y muy mucho animal, por cierto.

                Al fin y al cabo (salvo lo de la cadena alimentaria, claro) ya lo hemos practicado con los negros, esclavizándolos, e incluso con las mujeres por la diferencia de sexo, como con los judíos u otras razas como seres inferiores. El razonamiento siempre ha sido el mismo: los seres inferiores han de estar al servicio y capricho de los seres superiores. En ningún código ético está escrito que los seres humanos utilicen su superioridad para acosar, someter, torturar, abusar, y  hacer sufrir a otros seres clasificados como inferiores, sean personas o animales. Y si hemos de ser consecuentes, hemos de serlo con todo y con todos…

                Ese mismo supremacismo guarda parentela con aquel otro de la raza aria sobre otras más “impuras”, como judíos, gitanos, etc., que el nazismo practicó contra sus semejantes guiados por el iluminado Adolf Hitler. Naturalmente, guardando las diferencias, pero supremacismo al fín y al cabo.

                Esos seres humanos que demuestran su superior condición alanceando toros, o quemándoles los cuernos, acosados y torturados, o tirando cabras de un campanario, o procurando sufrimiento de cien burdas maneras, ritos sangrientos que justifican con una dudosa tradición y más dudosa cultura, son los mismos que apalean, violan y humillan a “sus” mujeres y desprecian a los inmigrantes. Los mismos, en una escala gradativa, que últimamente suelen agruparse en formaciones políticas que revierten por las urnas las dignidades conseguidas en defensa de los más débiles. A eso se le llama involución de la civilización, y no es otra cosa aunque lo vistamos de no sé qué…

                Puro supremacismo. Si ganan los que ahora están subiendo como la espuma, rescatarán toda manifestación violenta prohibida, y prohibirán las manifestaciones no violentas contra ellos y sus aberrantes principios, esclavizarán a los emigrantes, harán saludar brazo en alto a la bandera en las plazas de los ayuntamientos, y a las mujeres volverán a oprimirlas como a las ocas del paté, para hacerse un buen foigras con ellas…

                Los vaskos y katalanes se creen a sí mismos razas superiores a las circundantes. Más supremacismo del bueno. Por eso me alegro que en el estado de California, qué cosas, hayan prohibido que se comercie con el sufrimiento animal dedicado al placer humano. El placer del estómago y el hedonismo personal no justifica ninguna tortura, por muy animal que se diga que es… Vamos, creo yo.-

El próx. Viernes, 18/01, a las 10,30 h., en radio T.Pacheco, FM 87.7: 7, LAS PALABRAS.- Lo que no nos damos cuenta, pero está ocurriendo.


En algunos países sudamericanos, los cárteles de la droga suelen levantar hospitales, escuelas, asilos, e incluso templos, donde no los hay. ¿Es moralmente legítimo?. Que contesten esa pregunta los que se benefician de lo que carecen…

En Cartagena, Cádiz, Ferrol, la Arabia Saudí que no respeta los derechos humanos, habrán de construír media docena de corbetas donde escasea el trabajo. ¿Es moralmente legítimo?. Que contesten la pregunta los cientos de familias que tienen el pan asegurado…

Desde luego, ninguno de los que tenemos asegurado lo que otros no tienen, tenemos derecho a opinar. Mucho menos a juzgar. Yo no lo voy a hacer, aunque muchos sí lo hagan.


Escribir es comprometerse. No se puede evitar. Todos los que nos hemos vendido al vicio de escribir, vamos dejando por ahí retazos de nosotros mismos, parte de nuestra propia genética ideológica, pedazos de lo que somos y de cómo somos, girones de nuestra propia alma. Todos aquellos que me siguen desde la multitud de años que lo llevo haciendo (más de 40, que se dice pronto) me conocen perfectamente, pueden hacer un retrato-robot de mi espíritu con un margen de error mínimo. Los que me leen desde hace décadas saben ya más de mí que yo mismo. A todos los que nos asomamos a las ventanas del columnismo nos pasa igual… que somos reos de nuestros lectores.

                Un amigo me preguntaba si no me daba cierto temor el exponerme al conocimiento ajeno a través mis paridas. Si no sentía pudor al desnudar mis sentimientos (en cierta forma es como encuerarse en público) ante los ojos y los pareceres de los demás. Si no tenía escrúpulos en mostrar mis pensamientos, mis opiniones, mi forma de ser y manera de interpretar los casos y las cosas de la vida… Que me estoy retratando y mostrando ante la gente lo que soy y cómo soy…

                Y, la verdad es que no lo había pensado de ese modo. Siempre lo he tomado como una terapia para con mis propias incapacidades, como un exorcismo para con mis fantasmas, como una válvula de escape para conmigo mismo. Es como una necesidad que me impulsa a comunicar y comunicarme, a compartir y compartirme, no sé si sabré transmitir lo que hoy quiero explicar… Pero nunca me había parado a pensar en mi posible vulnerabilidad ante los que me leen, me siguen, y quizá hasta me psicoanalicen. Por otro lado, se me ocurre que pocas, poquísimas personas, se van a tomar la molestia de hacerlo a través de mis escritos, por el simple hecho que no existen motivos que muevan a tal interés. Yo no soy negocio para nadie.

                ¿Acaso debería preocuparme?.. El razonamiento de mi amigo es correcto, impóluto. Llevo casi medio siglo haciéndome selfies antes de que se inventaran los selfies, y eso deja más rastro que los caracoles. No se puede negar. Algunos de los habituales, que igualmente se retratan en mi programa radiofónico El Mirador, lo llevan haciendo tanto tiempo, que parecen conocerme más que yo mismo. Sin embargo, es algo recíproco. Yo los conozco a ellos tanto como ellos a mí. Nos reconocemos mutuamente. Y eso es un concepto que apunta el de “amistad”.

                También todas aquellas personas con hábitos y costumbres regulares de relacionarse con sus habituales, valga la redundancia, acaban por ser conocidos y reconocidos por los que le tratan. Eso es tan normal como inevitable. Así que tampoco me voy a preocupar yo de que también lo hagan aquellos que me leen, aunque para mí, la mayoría me resulten seres anónimos… Sí, ya sé, ellos tendrán siempre ventaja sobre mí, vale, pues me conocen sin yo conocerlos a ellos, cierto, pero es un riesgo que me apetece correr, qué quieren que les diga…

                Pienso, y puedo estar equivocado, naturalmente, que mis lectores, de una u otra manera, en mayor o menor medida, hemos de tener cierto “feeling”, coincidir a cierto nivel, si no, no me seguirían. Si mantenemos un hilo conductor regular, es porque se siente atraídos de alguna forma por lo que yo voy soltando, por lo temas que toco, o por cómo los toco, o por qué los toco, no lo sé… Y eso nos une más que nos separa, dado que compartimos algo común. Y si eso fuera así, y creo que lo es aunque sea en parte, entonces resulta un absurdo que me plantee cortar tal relación tan solo por “protegerme” de una supuesta exposición a los que me conocen.

                Termino con lo que empecé y como empecé: Escribir es comprometerse a dejar la ambigüedad del anonimato a un lado y mostrarse tal y como se es, y con el tiempo eso supone destruir la careta de uno mismo. Pues miren, amigos míos, eso me resulta apasionante…

El próx. Viernes, 11/01, a las 10,30 h., en radio T.Pacheco, FM 87.7: 7, RECORDEMOS LA HISTORIA, (o tendremos que repetirla). No puedes permitirte perdértelo.