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LA SANTA HIPOCRESÍA

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Oídos y leídos los testimonios de las víctimas de la pederastia en la Iglesia Católica (tan solo se sabe la punta del iceberg), puedo considerarme afortunado el no haber sido educado en un colegio religioso, que en la posguerra eran síntoma de clase superior, una imagen de auténtico nivel. Un conocido columnista de un conocido diario nacional aún recuerda “el hedor y el olor de ciertas sotanas, el aliento halitoso y aguardentoso de ciertas bocas, los brutales atributos y los desmanes cotidianos del poder de los curas sobre los críos”… Depredadores que se sentían impunes y seguros porque querían y podían, protegidos por su iglesia y bendecidos por su dios, pretendiendo educar y adoctrinar, pero machacando a los más débiles. Esos eran los hombres santos y perfectos. Se dirá que siempre fueron una pequeña parte… puede ser, pero la totalidad del resto lo sabía, permitía y protegía. La culpabilidad y responsabilidad, por tanto, es corporativa.

            Porque también los que están hablando, denunciando y contando estas atrocidades, son apenas un ápice de lo que realmente hay. Existen miles que ofrecen su escalofriante testimonio, pero no quieren presentarse en las causas abiertas, por ser todo demasiado doloroso y humillante. Como hay decenas de miles que ya ni siquiera quieren contarlo, ni reconocerlo, que prefieren callar, ocultar la vergüenza de su arruinada vida, e intentan vivir con ella y llegar a olvidarla, si es que pueden, pero guardan, en todo caso, el más absoluto silencio. En realidad, las víctimas de los abusos, violaciones y sadismo son incontables en todo el mundo. Como es ancestral en el tiempo de una institución que se considera a sí misma venerable y respetable (¿?).

            Con la excusa, o falsa excusa, del celibato, expuestos a los ardores y debilidades de la carne, la dirigieron hacia los más frágiles y débiles, en la vehemencia y violencia de su insatisfecho deseo. Más vale que hubieran conocido mujer como Dios manda, y se hubieran dejado de cínicas hipocresías. Cuando el escándalo fue ya irreparable, sus jefes de tinglado los protegieron, cambiándolos de parroquia, de diócesis, hurtándolos a la justicia civil, y mandándolos a nuevos pesebres donde seguir cebándose.

            Ha habido cientos, miles, de lobos que nunca pisaron cárcel ni tribunal alguno, que han muerto en sus “sin mácula” y olor de santidad, habiendo recibido la bendición de, etc., etc…, como si nada hubiera pasado, como si nada hubieran hecho. Jamás se sabrá el daño real ocasionado, jamás… Pero es inmenso. Tanto, que, en realidad puede suponerse un crimen – uno más – contra la humanidad.

            Por eso, el cónclave éste último, organizado como un escaparate ante todos los medios convocados, dispuesto como un teatro donde rasgarse las vestiduras, donde montarse un escenario en que escenificar sus condolencias y su farisáico arrepentimiento en ensayados actos de contrición que tan bien conocen y han utilizado siempre a lo largo de su historia, lo veo como un intento de salvar el mayor negocio de la Iglesia: el de la fé inducida. Esto es como dar una buena mano de pintura a su fachada, que buena falta le hace, e intentar salvar los muebles… Pero a las víctimas las han dejado fuera, a las puertas del Vaticano, y les han negado la voz, y ni siquiera las han escuchado…

            Una de esas víctimas llegadas a Roma, lo vomitó en plena plaza de San Pedro, llorando, a quienes quisiera oírla, como quien expulsa un veneno tóxico como el ácido, “…desde los trece años estuvo abusando de mí… de él tuve tres hijos… y me obligó a someterme a tres abortos…”. Estos son los que se autodenominan defensores de la vida; los que empujan a los antiabortistas y les escriben los mensajes de sus pancartas en sus manifestaciones. Y los que los usan, y utilizan, para cubrirse en sus mentiras y engolfarse en sus intereses.

            Los que inventaron el dogma y el pecado, la confesión y la penitencia controladora, hoy han tocado zafarrancho. Se ha ordenado a los prelados y obispos a sacar el circo a la calle y hacer declaraciones contritas y autoflagelantes. Es la época de dolencias y condolencias, de reconocimientos falsos y peticiones de perdón fingidas… ¡que comience el espectáculo!.. Como el otro día, que vi en la tele a uno recitando su papel, pero a su cura depredador lo ha colocado justo en los juzgados diocesanos donde se “investigan” estos casos. Y ahí seguirán los zorros, como siempre, hasta que las gallinas se olviden, y el gallinero se calme.

El próx. Viernes, 01/03, a las 10,30 h., en radio T.Pacheco, FM 87.7: 7, EL PROPÓSITO-2.- Esta segunda parte puede que sí sea buena…

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